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miércoles, 19 de julio de 2017


Carmen Villoro (1958). Poeta mexicana.

Miran hacia delante
como las vías del tren.
Del pasado les queda
alguna pertenencia:
una fotografía,
un recuerdo fugaz,
algún aroma que se desvanece
con el amanecer.

Su presente tiene la dimensión
de sus zapatos:
única patria temporal,
único hogar seguro.

Desafiantes abordan la distancia
como quien decide
dominar a una bestia
sentándose en su lomo.
Una victoria íntima
alimenta sus sueños:
cruzar el vacío
como quien cruza una frontera.

Cuando escucho el lamento del tren
pienso que ahí van ellos
los ángeles de hierro,
los guerreros del tiempo
dispuestos a atravesar los llanos
heridos por la noche
y ese silbido grave
me abre un país inhóspito
en el pecho.

Poema inédito publicado en el Periódico de Poesía de la UNAM, No. 100, junio 2017, Año 9. 


martes, 18 de julio de 2017

Carlos Fuentes (1928-2012). Escritor mexicano.
Tomado del libro “Instinto de Inez”, 2001. 


#Fragmento

—¿Oyes a las lechuzas?
—No, el motor hace mucho ruido.
Gabriel río. —El signo del buen músico es saber escuchar muchas cosas al mismo tiempo y ponerle atención a todas ellas.
Que oyera bien a las lechuzas. Eran no sólo las vigías nocturnas del campo, sino sus afanadoras.
—¿Sabías que las lechuzas capturan más ratones que cualquier ratonera? —afirmó, más que preguntó, Gabriel.
—Entonces para qué trajo Cleopatra sus gatos del Nilo a Roma —dijo ella sin énfasis.
Ella pensó que acaso valdría la pena tener lechuzas en casa como celosas amas de llaves. Pero, ¿quién podría dormir con ese ulular perpetuo del ave nocturna?
Ella prefirió entregarse, durante el trayecto de Londres al mar, a la visión de la luna que brillaba plenamente esa noche, como para auxiliar a la aviación alemana en sus incursiones. La luna no era desde ahora excusa romántica. Era el faro de Luftwaffe. La guerra cambiaba el tiempo de todas las cosas pero la luna insistía en contar el paso de las horas y éstas no dejaban, a pesar de todo, de ser tiempo y acaso tiempo del tiempo, madre de las horas… Si no hubiera luna, la noche sería el vacío. Gracias a la luna, la noche se iba dibujando como un monumento. Cruzó la carretera un zorro plateado, más veloz que el automóvil.
Gabriel frenó y agradeció la carrera del zorro y la luz de la luna. Un viento pausado y murmurante corría por el páramo de Durnover y mecía ligeramente los alerces derechos y delgados cuyas hojas blandas de color verdegay parecían señalar hacia la espléndida construcción del circo lunar de Casterbridge.
Le dijo a ella que la luna y el zorro se habían confabulado para detener la velocidad ciega del automóvil e invitarlos —descendió, abrió la puerta, le ofreció la mano a la mujer— a llegar juntos al coliseo abandonado por Roma en medio del yermo británico, abandonado por las legiones de Adriano, abandonadas las bestias y los gladiadores que murieron olvidados en las celdas subterráneas del Circo de Casterbridge.
—¿Oyes el viento? —preguntó el maestro.
—Apenas —dijo ella.
—¿Te gusta este sitio?
—Me sorprende. Jamás imaginé algo así en Inglaterra.
—Podríamos ir un poco más lejos, al norte de Casterbridge, hasta Stonehenge, que es un vasto círculo prehistórico, con más de cinco mil años de edad, en cuyo centro se levantan, alternados, pilares y obeliscos de arenisca y cobre antiguo. Es como una fortaleza del origen. ¿Lo oyes?
—¿Perdón?
—¿Oyes el lugar?
—No. Dime cómo.
—¿Quieres ser cantante, una gran cantante?
Ella no contestó.
—La música es la imagen del mundo sin cuerpo. Mira este circo romano de Casterbridge. Imagina los círculos milenarios de Stonehenge. La música no los puede reproducir porque la música no copia el mundo. Tú escucha el perfecto silencio de la llanura y si aguzas el oído convertirás al Coliseo en la caja de resonancia de un lugar sin tiempo. Créeme que cuando dirijo una obra como el Fausto de Berlioz, renuncio a medir el tiempo. La música me da todo el tiempo que necesito. Los calendarios me sobran.
La miró con sus ojos negros y salvajes a esa hora y se sorprendió de que la luna volviese transparentes los párpados cerrados de la mujer que lo escuchaba sin decir palabra.


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Así empieza la reseña que de esta novela escribió Adolfo Castañón: 

"La historia de Gabriel Atlan Ferrara y de Inez Prada podría formularse en términos de una pareja que hace el amor a través de la música y celebra su unión virtual en el espacio del arte. Pero esa historia está matizada, trenzada por otra —la de los hombres y mujeres, de la pareja prehistórica— que significativamente está contada en futuro, como si el fin de nuestra historia sólo pudiese formularse en términos de una relectura de la prehistoria. La hipótesis de la esperanza se disipa en la memoria profética del origen: como si la salida del laberinto hubiese que buscarla a la entrada del mismo, en los mitos del origen".

Léela completa dando clic aquí

viernes, 14 de julio de 2017



Alguien elogió la locura
Yo elogiaré tu alegría:
la humildad
de no pretender arreglar el mundo
(el mundo empieza y termina contigo)
que te levantes cantando
(¿cómo puedes cantar?)
que te acuestes cantando
que no conozcas el rencor
que no tengas miedo a la muerte
Que te haga ilusión un teléfono
un vestido nuevo
una receta de cocina
la visita de una lejana desconocida 
Que todo lo olvides
todo
Que te rías –un año después–
de tus amores absolutos
Que jamás te preguntes el sentido de la existencia

Allí donde sólo los verdaderamente humildes
pueden ser alegres. 

Cristina Peri Rossi. Poeta uruguaya. 
Tomado del libro "Aquella noche". 

jueves, 13 de julio de 2017

I

Me has hecho infinito, este ha sido tu placer.
Apuras sin cesar este frágil vaso, y vuelves a llenarlo nuevamente de vida joven.
Te has llevado por colinas y valles esta pequeña flauta de caña y has soplado en ella melodías eternamente nuevas.
Al inmortal contacto de tus manos, mi alegre corazón rompe sus límites y te vierte en inefables expansiones.
Sólo tengo mis pequeñas manos para recoger tus dones infinitos. Y pasan los tiempos, y tú sigues esparciéndolos, y siempre queda algo por llenar.

–Rabindranath Tagore (1861-1941). Poeta hindú. 
Así empieza "Gitanjali". 

martes, 4 de julio de 2017




#Microrrelato

Se había metido tanto en su propio cuento, que se enredó en el nudo y nunca pudo encontrarle un desenlace.

– Manuel Pastrana Lozano.

viernes, 5 de mayo de 2017

Mayra Santos-Febres (1966).
Escritora Puertorriqueña. 

Relojes, celulares, tenis Nike, bicicletas, zapatos comprados por internet, ipads, kindles, gogo’s, camisetas, gorras, sortijas, cosas, cosas, cosas. La gente no me cree, pero para los más jóvenes la "mercancía" los abruma. Ya las cosas no significan nada, o casi nada.

Para muestra, un botón.

Los otros días, en mi taller de poesía de la Universidad de Puerto Rico, les pedí a mis pichones de poetas (¡son unos genios, pero no se los digan!) que escribieran 5 haikús o 5 odas refiriéndose a 5 objetos que pare ellos fueran importantes. El juego me lo enseñó la amiga y poeta Chiara Merino, autora del libro "Criaturas gelatinosas". Es un buenísimo libro. Lo recomiendo.

Los poemas que salieron eran bastante flojos, cosa rara en mis pollitos versificadores. Cuando les pregunté por qué esa poesía tan rala, me contestaron:

—Profe, yo no tengo cosas. Es decir, son mías, pero no . Es que estamos acostumbrados a que todo es reemplazable.

Alcé las cejas en asombro. ¿Todo es reemplazable? Error. Horror. ¿Qué es eso? Ya estaba pensando cómo debatir tan terrible enunciación, tan errada cosmovisión, cuando decidí darle un segundo pienso a la cosa. Me callé la boca y decidí escuchar en vez de corregir, aprender en vez de guiar. He sido muchas cosas en esta vida, menos bruta. Sé reconocer sabiduría, venga de donde venga.

A mis alumnos les tocó aquel día ser mis maestros. Escuché callada y atenta mientras ellos pensaban, sopesaban y argumentaban, a ver por qué las cosa no les tocaban los afectos. Volvían a hacer lista y nada. No heredaron ningún reloj del abuelo. No guardaron ningún juguete de la infancia (que acaban de dejar atrás). Se han mudado tantas veces, de tantos pueblos, estados, casas, vecindarios que todo fue quedando en cajas olvidadas o basureros. Los vi tratar, realmente tratar de encontrar aquellas cinco cosas entrañables, sin éxito.

Mis alumnos tienen razón. Para ellos Todo ES REEMPLAZABLE. Hasta los afectos.

Esto es un cambio significativo que vale la pena pensar. Lo que quiero decir, es que, si este, como la mayoría de los países del tercer mundo, es un país de jóvenes; ya las cosas no significan nada para casi nadie.

Otro efecto de la sociedad de consumo. Uno consume no por necesidad, ni siquiera por lujo; sino por el consumo en sí. Todo muy hegeliano.

Yo, hasta el sol de hoy, guardé dos Muñecas Newborn babies negras, las primeras muñecas negras hechas por Mattel. Me las regalaron a la edad de los 8 años.

No quiero argumentar que de niña fui una luchadora de los derechos civiles y de la igualdad en representación" juguetil" . Lo que sí argumento es que para mí aquel evento fue importante y que aquella muñeca me parecía tan asombrosa, tan improbable que decidí guardarla de por vida.

Lo mismo me pasa con los anillos de boda de mi madre (los míos no, que ya llevo tres matrimonios), un traje de cuando tenía 4 años (era una nena gooorda), fotos polaroid, dientes de mis hijos, y dos trajes de poliester bien "seventies" que usaba mami. Eso y los libros y cartas de mi hermano muerto componen una especie de altar personal íntimo, cosas que no pegan ni pueden ser fácilmente traducibles en mi status de Facebook. Cosas demasiado concretas para servir de info para el desarrollo de amigos virtuales.

Lo que quiero decir es que yo, que me hice mujer justito en la cresta del imperio de lo repetible y lo reemplazable, todavía conservo una cierta ingenuidad por lo tangible. No me creo que tengo amigos en "Facebook" . Tiendo a diferenciar la imagen de la cosa y la información de la experiencia. Qué les puedo decir, soy arcaica.

Pero, ¿y mis pollitos (así llamo a mis estudiantes, no puedo evitar ser un poco mamá gallina con ellos)?¿Qué altares holográficos construirán ? ¿Qué odas elementales escribirán a qué par de calcetines, a qué hogaza de pan, a qué Marilyn Monroe o Amy Wineheart suicidándose?

Talento tienen, y pulso. Y son tan tan inteligentes...

Veremos donde logran depositar sus afectos.

Veremos.

jueves, 4 de mayo de 2017

Imagen tomada de aquí.

Carmen Villoro (1958). Poeta mexicana.
Tomado del libro "Jugo de naranja". 

Durante la noche los árboles hablaron. Dejaron caer sus secretos. Se mostraron tal y como son: poseedores de sombras y olvidos, de inquietudes y fragilidades que tú, madrugador, pudiste observar dispersas sobre las calles, todavía susurrantes bajo tus pies. Pero las amas de casa, temerosas, salieron muy temprano a barrer las evidencias y dejaron las banquetas en silencio, para que nadie sepa. 

jueves, 20 de abril de 2017


Hoy el escritor catalán Eduardo Mendoza (1943) recibió en España el Premio Cervantes. A continuación compartimos cinco frases de su discurso:
  • He sido y sigo siendo un fiel lector de Cervantes y, como es lógico, un asiduo lector del Quijote. Con mucha frecuencia acudo a sus páginas como quien visita a un buen amigo, a sabiendas de que siempre pasará un rato agradable y enriquecedor. Y así es: con cada relectura el libro mejora y, de paso, mejora el lector.
  • Las cosas cambian de nombre en función de la distancia. El suelo que ahora piso se llama paisaje cuando está lejos. Y cuando ya no está, se llama Geografía.
  • Una forma de escritura en la cual el lector no disfruta tanto de la intriga propia del relato como de la compañía de la persona que lo ha escrito.
  • Ésta es, a mi juicio, la función de la ficción. No dar noticia de unos hechos, sino dar vida a lo que, de otro modo, acabaría convertido en mero dato, en prototipo y en estadística. Por eso la novela cuenta las cosas de un modo ameno, aunque no necesariamente fácil: para que las personas, a lo largo del tiempo, la consuman y la recuerden sin pensar, como los insectos que polinizan sin saber que lo hacen.
  • Hace muchos años, cuando yo vivía en Nueva York, quedé en un bar con un amigo, ilustre poeta leonés. Como vimos que la camarera que nos atendía era hispanohablante, probablemente portorriqueña, cuando vino a tomarnos la comanda nos dirigimos a ella en castellano. La camarera tomó nota y luego nos preguntó si éramos franceses. Le respondimos que no. ¿Qué le había hecho pensar eso? Oh, dijo ella, como habláis tan mal el español... En su momento, esta anécdota nimia me produjo una gran alegría que nunca se ha disipado. Porque comprendí que habitaba un mundo diverso, rico, divertido y con un amplísimo horizonte. Y que todas las lenguas del mundo son amables y generosas para quien las quiere bien y las trabaja.
Lee el discurso completo dando clic aquí.

miércoles, 19 de abril de 2017


Andrés Neuman (1977). Escritor argentino.
Relatos tomados del libro "El fin de la lectura" (Almadía).

La felicidad


Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.
No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré que el único.
Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.
Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo. Domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.
Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, tanta, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los fornidos pectorales de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda ansiosa con los brazos abiertos.
A mí me colma de gozo semejante paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas y algún día, pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.


Estar descalzo


Cuando supe que sería mortal como mi padre, como aquellos zapatos negros en una bolsa de plástico, como el balde con agua donde entraba y salía la fregona queLa res­tregaba el pasillo del hospital, yo tenía veinte años. Era joven, viejísimo. Por primera vez supe, mientras las este­las de claridad iban borrándose del suelo, que la salud es una película muy fina, un hilo que se evapora con el andar de los pasos. Ninguno de esos pasos era de mi padre.

Mi padre siempre había caminado de manera extra­ña. Veloz y al mismo tiempo torpe. Cuando iniciaba sus caminatas, uno nunca sabía si iba a tropezarse o echar a correr. A mí me gustaban esos andares. Sus pies planos y duros se parecían al suelo que pisaba, al suelo del que huía.

Los pies planos de mi padre ya eran cuatro, se habían repartido en dos lugares distintos: en la camilla (unidos por los talones, ligeramente abiertos, evocando una iró­nica V de victoria) y dentro de aquella bolsa de plástico (a modo de recuerdo en los zapatos, imponiendo su molde al cuero). La enfermera me la entregó como se entregan unos desperdicios. Yo miré las baldosas, su tablero cam­biante.

Me quedé sentado ahí, frente a las puertas del quirófa­no, esperando noticias o temiendo las noticias, hasta que saqué los zapatos de mi padre. Me levanté y los puse en el centro del pasillo, como un obstáculo o una frontera o un accidente geográfico. Los posé cuidadosamente, procurando no alterar sus bultos originales, la protuberancia de los huesos, su forma ausente.

Al rato la enfermera apareció a lo lejos. Atravesó el pasillo, eludió los zapatos y siguió de largo. El suelo res­plandecía. De pronto la limpieza me dio miedo. Me pare­ció una enfermedad, una impecable bacteria. Me agaché y avancé a gatas, sintiendo el roce, el daño en las rodillas. Volví a guardar los zapatos en la bolsa. Apreté el nudo lo más fuerte que pude.

De tarde en tarde, en casa, me pruebo esos zapatos. Cada vez me quedan mejor.

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Julia Mortera

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